¿Es la fluidez la verdadera unidad de medida de dominio de un idioma?

Cuando uno se postula para un puesto de trabajo forma parte de la rutina habitual ser interpelado por nuestro nivel de idiomas. Igualmente sucede con los currículum vitae que entregamos a nuestro potencial empleador. En ellos, cuando consideramos que nuestra capacidad de hablar otro idioma es alta, solemos recurrir al concepto ‘fluidez’: ingles fluido, francés fluido, etc.

Sin embargo, ¿es realmente la fluidez la unidad de medida adecuada para medir nuestro dominio de un idioma?. Muchos estudios revelan que no. Pero, por encima de todos ellos, la realidad cotidiana nos confirma esa inexactitud comúnmente asumida como correcta. ¿Cuántas veces no habremos conversado con un algún buen amigo extranjero que habla “fluidamente” el español pero que lo hace con una interminable lista de incorrecciones? ¿Cuántas veces no habremos soltado una retahíla de frases en inglés pensando que hemos apabullado a nuestro contertulio londinense cuando lo que hemos hecho es arrojarle un volquete de preposiciones mal usadas?

En efecto, la fluidez no es la unidad de medida definitiva en el dominio de una lengua. El hecho de que seamos capaces de emitir un gran número de sílabas en poco tiempo, sin intercalar pausas dubitativas entre una frase y otra no significa que estemos hablando ‘correctamente’ el idioma. Y muchas veces no somos conscientes de ello porque nuestro interlocutor sabe reinterpretar y corregir mentalmente nuestros fallos. Obviamente, quien nos escucha no puede dedicar su tiempo a darnos clases ni a corregirnos cada dos por tres.

La unidad de medida que complementa a la ‘fluidez’ es la ‘competencia’ o ‘exactitud’, lo que en inglés se denomina ‘proficiency’. Tener competencia lingüística implica que somos capaces de entender e interpretar correctamente lo que nos dicen y a la vez usar construcciones complejas de una forma espontánea, precisa y natural, ajustándose a cada contexto. Lógicamente esta capacidad es muy variable entre personas. Y muchas de las que cuentan con un buen nivel de precisión puede que no cuenten con el nivel de fluidez esperable ya que priorizan la primera variable y temen cometer equivocaciones. Para establecer categorías más ajustadas a la realidad, el Consejo de Europa, a través de su Marco Común Europeo de Referencias para las Lenguas (CEFR) ha establecido hasta 6 niveles que determinan el dominio de un idioma. Y van desde el A1, que incluye nociones básicas y que participa de la colaboración del interlocutor, hasta el C2 que es capaz de entender virtualmente todo lo que lee y escucha, expresándose espontáneamente de una forma muy fluida y precisa, siendo capaz de distinguir significados muy útiles implícitos en contextos complejos. En este caso sí que podremos decir que hablamos un idioma de forma ‘fluida’…y ‘precisa’.

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